LA EPOPEYA DELA MADERA.

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El título lo he tomado de una pequeña obra; es tan diminuta que la colección pertenencia a Ediciones Pulga, que fue famosa en la década de los 50.

Voy a prestarle atención al capítulo que lleva por título “Cuando se debe derribar un árbol”. Que nos dice lo siguiente :

A partir del momento en que el hombre abandonó la cueva para construir su morada por si mismo, empezó a derribar árboles. Hubo lugares en que, de la cueva, el hombre pasó a la casa de  adobe pero fue porque carecía de árboles lo bastante recios y grandes para construir su vivienda. Cierto que muchas veces bastaron ramas y troncos menores para hacerse una chabola que le reguarde las inclemencias del tiempo, pero también es cierto que en ningún momento encontraríamos que ésta fuera para el hombre prehistórico una vivienda permanente.

Además, para derribar los grandes y altos árboles que necesitaba el hombre precisaba de herramientas de las que no dispuso hasta alcanzar la edad del hierro . Fue entonces cuando la madera empezó a desempeñar un papel importante en la civilización, tanto en la construcción como en la elaboración de los utensilios y muebles que ayudaron a hacer más confortable la vida.

Pero hasta llegar al siglo diecinueve la madera no ha sido objeto de un amplio aprovechamiento industrial.  Desde mediados del siglo pasado el hacha de los leñadores resuena en los bosques que hasta entonces no habían sido jamás hollados por el hombre y al mismo tiempo empieza a desarrollarse toda una técnica maderera que hace incluso la tala de árboles una cuestión científicamente estudiada, para obtener un máximo aprovechamiento del  bosque y no afectar su repoblación.

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Ahora viene un capítulo muy interersante :”El gran enemigo: el fuego”.

Nunca he  tenido ocasión de presenciar el incendio de un bosque. Me refiero a un bosque de árboles gigantes, como son los del Canadá o de Suecia, a los que vengo refiriéndome. He sido testigo de incendios en pequeños bosques , una vez en el Pirineo catalán y otra en los Alpes bávaros, pero aun siendo relativamente importantes, abarcaron una escasa extensión y el número de árboles destruidos no  fue muy crecido.

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Sin embargo, constituye un espectáculo dolorosamente impresionante y de una majestad terrible. El estruendoso crepitar  de las llamas y el fragor de las ramas al estallar la savia hirviente sobrecogen el ánimo más templado, pero cuando volando desde Oslo a Estocolmo, vi junto a las orillas del lago Werner que la alfombra verde de las coronas de los árboles, sobre las que se dibujaba la sombra de nuestro avión, se trocaba en el color rojo oscuro de un bosque que al cabo del media hora de vuelo seguía aun bajo nosotros el mismo paisaje calcinado.

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Una chispa de la chimenea de una locomotora, una cerilla no apagada, una colilla de cigarrillo, el rayo al caer en un punto donde hayan las hojas secas o ramas muertas, pueden desencadenar una avalancha de llamas que a poco que el viento las avive bastarán para quemar toda la brizna de hierbas convertir en antorchas de fuego los árboles, aun los mas altos y calcinar los mas jóvenes

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