PAPAS MUERTOS POR ASESINATO (II)

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Esteban VIII (939-942). Hechura de Alberico II, príncipe, senador y patricio de Roma e hijo de Marozia y de su primer marido Alberico I. Habiendo secundado pasivamente la política de su benefactor durante años, Esteban, cansado de permanecer relegado a un rol de dependencia y a la rutina de la administración, tomó parte en una conspiración contra el todopoderoso Alberico. Fracasada ésta, fue el Papa puesto en prisiones y horriblemente mutilado, muriendo a consecuencia de la gravedad de sus heridas.

Benedict_VIBenedicto VI (973-974). Había sido elegido por la facción imperial y hubo de enfrentarse al resentimiento del pueblo romano y, en especial, a la hostilidad de los Crescencio, descendientes de Teofilacto por Teodora la Joven, hermana de Marozia. Mientras vivió el emperador germánico Otón I, su valedor, pudo imponerse a esta familia, pero al morir aquel estalló la revuelta. Los Crescencio encerraron al Papa en la fortaleza de Sant’Angelo, nombrando en su lugar al diacono Francón, que tomó el nombre de Bonifacio VII y se encargó personalmente -según cuentan algunas crónicas- de estrangular a su rival.

75363269-el-icono-en-la-cúpula-con-la-imagen-del-papa-juan-xiv-fue-el-papa-desde-diciembre-de-983-hasta-su-muerteJuan XIV (983-984). Fue designado por Oton II como sucesor de Benedicto VII y se mantuvo en el solio mientras vivió el emperador. Muerto éste, el partido filobizantino llamó a Bonifacio VII, quien regresó desde su exilio de Constantinopla -adonde había huido con los tesoros de la Iglesia poco después de asesinar a Benedicto VI- y, con el apoyo de los Crescencio, destronó al Pontífice legítimo. Juan XIV fue encerrado en el castillo de Sant’Angelo en abril de 984 y murió envenenado el mes de agosto siguiente. Sin embargo, no quedaron impunes los crímenes del antipapa. Habiéndose indispuesto con los Crescencio, estos incitaron al pueblo contra Bonifacio, que murió linchado en medio de la revuelta. Su cadáver fue arrastrado por las calles de Roma y arrojado a los pies de la estatua ecuestre de Marco Aurelio.

silvestre-ii-pacto-diablo--620x349Silvestre II (999-1003). Del cultísimo Gerberto de Aurillac, a quien persiguió la legendaria aura de mago, se cuenta que había hecho un pacto con el diablo para ser promovido de su sede de Reims a la de Rávena y de ella a la de Pedro, por lo cual sus días estaban contados. Consultado el Golem (oráculo cabalístico hebreo), le fue indicada la fecha fatídica: moriría cantando misa en Jerusalén. Como no entraba en sus planes ir de peregrinación a Tierra Santa, Silvestre durmió tranquilo, pero el oráculo no se equivocó: el Papa, en efecto, celebraba misa con cierta frecuencia en la basílica romana de la Santa Cruz de Jerusalén, así que la siguiente vez que lo hizo en dicho lugar, le sobrevino un malestar repentino y murió. Esta historia no pasa de ser una conseja, siendo lo más probable que Silvestre -a quien la muerte había arrebatado a Otón III, su mejor sostén en medio de la caótica situación que se cernía sobre Italia- pereciera a manos de sus enemigos políticos. Los Crescencio, a la sazón, habían vuelto a ser los árbitros de Roma, a través del patricio Juan II, quien relegó al Papa a sus funciones puramente espirituales. Enterrado en el atrio de San Juan de Letrán, cuando su tumba fue abierta en 1684, se halló su cuerpo intacto lo mismo que los ornamentos pontificales de que estaba revestido y la tiara que ceñía la cabeza. El contacto con el aire redujo, empero, todo al polvo, esparciéndose alrededor un perfume balsámico.

220px-Pope_Clement_IIClemente II (1046-1047). Fue envenenado por orden de Benedicto IX, cuando regresaba de Alemania, donde había trazado el plan de reforma con el apoyo de Enrique III. Su cadáver fue llevado a Bamberg, ciudad de la que había sido obispo antes de ser Papa y en cuya catedral fue enterrado. En el siglo XVII fue abierta su tumba y se comprobó que el Papa debió ser un hombre de gran estatura (alrededor de 1,90 metros) y extraordinariamente rubio. Nuevamente exhumados en 1942, los restos fueron sometidos a análisis cuyos resultados corroboraron la muerte por envenenamiento.

Pope_Alexander_ViAlejandro VI (1492-1503). Se dice que murió de malaria, aunque existen serias razones para pensar que fue víctima del arsénico que les fue administrado a él y a su hijo Cesar durante un banquete en el palacio del cardenal Adriano de Corneto. Los enemigos de los Borgia dijeron que éstos habían caído en su propia trampa, ya que por equivocación ingirieron el mortal veneno preparado para su anfitrión, de cuyos ingentes bienes querían apoderarse para seguir financiando la campaña de la romana. No obstante, es de creer que en realidad se trató de un atentado planeado por aquellos a quienes el creciente poderío del Valentino, avalado por su padre, aterraba. No se olvide que Cesar Borgia había limpiado de tiranos los dominios pontificios y se aprestaba a formar un poderoso estado hereditario en el centro de Italia.

245px-Cardinal_Giovanni_de'_MediciLeón X (1513-1521). La causa de su muerte parece que debe buscarse en el veneno que le habría administrado su copero Bernabé Malaspina, el cual fue detenido. El ceremoniero pontificio Paris de Grassis pidió a los médicos que practicaran la autopsia al cuerpo del papa Medici, pero no se le hizo caso y se quiso echar tierra al asunto, aunque no pudo hacerse callar a Pasquino, la estatua parlante de Roma, que se hizo eco de los rumores de asesinato. Ya en 1517, León X había sido objeto de un intento de envenenamiento. La conjura, en la que se hallaban implicados al menos cinco cardenales, fue descubierta al interceptarse una carta del cardenal Petrucci, el cabecilla, a su secretario Nini. Resultó que se había corrompido a Pietro Vercelli, médico del Papa, para que emponzoñase el medicamento con que le trataba de una molesta fístula. Petrucci, después de ser condenado en juicio y degradado de su dignidad cardenalicia, fue ahorcado en Sant’Angelo, mientras Vercelli y Nini sufrían la pena de descuartizamiento. Los otros conjurados huyeron, siendo degradados a su vez. León X vio considerablemente reducido el Sacro Colegio de cuya lealtad ni siquiera estaba seguro, por lo que en un solo consistorio creó de golpe treinta y un cardenales, medida que no evitó que finalmente sucumbiera a manos criminales.

Gracias a Dios, la lista de este apartado se cierra en una época ya lejana, pero pudo haber sido reabierta en al menos un par de ocasiones. La primera, durante el viaje de Pablo VI por Asia y Oceanía en noviembre y diciembre de 1970. En la escala de Manila, en las Filipinas, se le acercó un demente que logró asestarle una puñalada por la espalda, antes de que fuera reducido por el corpulento monseñor Paul Marcinkus, que acompañaba al Papa en sus periplos. Gracias a la intervención del secretario del Pontífice, monseñor Pasquale Macchi, que detuvo a tiempo el brazo del agresor impidiendo así que el arma se hundiera en el cuerpo de Pablo VI, la herida no fue mortal aunque sí de cuidado, pues el arquiatra pontificio doctor Carlo Fontana hubo de tratarla durante largo tiempo.

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La segunda ocasión en que en los tiempos modernos se ha intentado acabar con la vida de un Papa fue en 1981, cuando el terrorista turco Mehmet All Agca, a sueldo del servicio secreto búlgaro (en evidente conexión con la KGB siniestra de los tiempos de Breznev), disparó en plena plaza de San Pedro contra Su Santidad Juan Pablo II. La circunstancia de haber sobrevivido a tan sacrílego atentado en el día aniversario de la primera aparición de Fátima (el 13 de mayo), llevo al Papa a atribuir su salvación a la especial protección de la Santísima Virgen, cuyo monograma ostentan sus armas. Por ello, al cumplirse el año del hecho que pudo haberle costado la vida, quiso acudir personalmente a Fátima para dar gracias a la Madre de Dios. En medio del multitudinario acto, se acercó al Pontífice un sacerdote armado con la intención de atacarle. Detenido a tiempo, se averiguó que se trataba de un antiguo miembro de la fraternidad de San Pio X (fundada por monseñor Lefebvre), que había sido expulsado de la misma por sus ideas extremistas y padecía de graves trastornos mentales. Este último incidente no tuvo mayores consecuencias salvo para el agresor, a quien la justicia portuguesa condenó por el delito de magnicidio.

No consta de otros Papas que muriesen asesinados, pero sí se abrigaron ciertas dudas en su momento acerca de algunos en cuyo fallecimiento concurrieron circunstancias sospechosas, aunque éstas posteriormente se aclararan según el caso. Así por ejemplo: Benedicto VII (974-983), Dámaso II (1048), Anacleto II Pierleoni (1130-1138), Celestino IV (1241), Inocencio V (1276), Adriano V (1276), san Celestino V (1294), Adriano VI (1522-1523), Clemente XIII (1758-1769), Clemente XIV (1769-1774), Pío XI (1922-1939) y Juan Pablo I (1978).

RODOLFO VARGAS RUBIO

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