EL ARTE EN UNA CARTUJA. MONASTERIOS CARTUJOS EN EL MUNDO. (IV)

Durante los siglos XIV y XV los reyes nobles, príncipes de la iglesia, burgueses, etc. dotaron a los cartujos de grandes obras de arte. Los reyes de Castilla favorecieron en este sentido a los cartujos de Miraflores en Burgos (España) y el Paular en Madrid. Pueden verse fabulosos sepulcros, magníficos escudos y gran ornamentación en las iglesias.

Los duques de Borgoña hicieron otro tanto con la cartuja de Champmol en Dijon, donde se conservan obras de los mejores artistas de la época: Jean de Marville (escultor), Claus Sluter, escultor representativo de la época que influyó en la escultura gótica del siglo XV y cuya obra maestra en esta cartuja es el gran Calvario del que se conserva el alto pedestal conocido como “El Pozo de Moisés” con representaciones de Moisés, David, Jeremías, Zacarías, Isaías y Daniel. Le ayudó su sobrino Claus de Werwe, autor del sepulcro de Felipe II de Borgoña en esta misma cartuja.

Detalle del monumento funerario de Juan II en la cartuja de Miraflores, obra de Gil de Siloé. El arquitecto responsable de la obra fue Drouet de Dammartin, que llevó a cabo una total transformación, convirtiendo un humilde monasterio en otro de aspecto suntuoso. Los pintores consagrados fueron Broederlam (1394-1399) cuyas tablas están en el museo de Dijon y Simone Martini (1283-1344), artista del trecento italiano.

El arte funerario en las cartujas se manifiesta de manera muy especial pues era este tema el que impulsaba a los patrocinadores a ensalzar y enriquecer los monasterios de esta orden religiosa tan dedicada a la oración. Así surgió la moda desde Champmol de construir los monumentos funerarios en mitad de la iglesia para que las oraciones de los cartujos, dirigidas al altar mayor, no tuvieran más remedio que tropezar con los enterramientos. Tal era la fe en estas oraciones por la salvación del alma.

 

El monumento funerario estaba acompañado por las estatuas de los monjes en pleno rezo afligido (los llamados Pleurants), con el rostro oculto por la capucha. Fue una moda que se extendió por toda Europa. En la cartuja de Miraflores de Burgos, Isabel la Católica, mandó erigir un monumento funerario a sus padres (Juan II de Castilla e Isabel de Portugal), también en medio de la iglesia. La diferencia con el de Champmol, está en la ausencia de todo aire fúnebre y dramático. En este caso del autor Gil de Siloé al hacer su obra casi un siglo después de la francesa y atendiéndose a otras modas, dota a sus personajes de un aire dulce y sereno.

 

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